“ EL ORDENANZA” Nadie faltó al velorio de la tía Delia. Ni siquiera mi primo Adolfo, que tuvo que interrumpir el trabajo antropológico que estaba haciendo con los caníbales para venir al entierro. Todavía recuerdo la insistencia de Adolfo por ayudar a mis hermanas a ponerle la mortaja a la tía. En la pieza donde la cambiaron se vio obligado a confesarles su debilidad por la pata: aprovechando un momento de distracción, Adolfo, movido por el instinto de conservación, le pego un mordisco a la tía Delia. Mis hermanas se dieron cuenta cuando vieron los dientes postizos clavados en las rodillas. Ahora, en el velorio, se comporto a las mil maravillas. Tal es así, que fue el comentario general de los pr4esentes, quienes hasta el día de hoy lo recuerdan paseándose con aquel bozal que apenas le dejaba asomar sus ojos desorbitados. Le quedaba bien. En la noche que siguió al entierro, pese a nuestra invitación, Adolfo no cenó con nosotros. Nos dijo que tenía hambre y se quedo en el cementerio. Al otro día lo fuimos a buscar con papa. Lo llevamos a su casa y lo tuvimos encerrado en el bañito de servicio hasta que le conseguimos trabajo. Papa hizo mover sus influencias y logro que lo nombraran ordenanza en la morgue de la facultad de medicina. Esta chocho.